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Escritos de Alberto Ruano

Escritos de Alberto Ruano

Acotaciones al Contrato Social de Rousseau

Acotaciones al Contrato Social de Rousseau

Acotaciones al Contrato Social de J.-J. Rousseau                            por Alberto Ruano Miranda

Ciertamente, la influencia ejercida por la teoría de El Contrato Social se debió al sentido que tomaba, bajo la pluma de Jean-Jacques Rousseau, el principio de Soberanía como fundamento de organización civil. Si bien otras doctrinas habían hablado ya de “contrato” o “pacto”, para justificar el ordenamiento social, ninguna hasta entonces había establecido con suficiente energía que el principio de Soberanía reside en el pueblo de modo permanente. Para Rousseau - a diferencia de otros autores - la comunidad no abandona su poder autodecisorio por el hecho de darse una forma cualquiera de gobierno, ni siquiera permaneciendo bajo su férula durante espacios seculares. La soberanía es una potencia intransferible, por lo tanto cualquier revolución o cambio de sistema gubernamental no es sino una forma de restitución del poder o, si se prefiere, de actualización, en manos de su gestora, la masa societaria.

El optimismo impuesto por los jacobinos al curso de la revolución francesa a partir de 1791, con todas sus consecuencias sobre los libertadores de América hispana, de algún modo puso en relieve esta concepción esencial de retorno a las fuentes primigenias del poder, mientras otros aspectos de la obra fueron desestimados, sino relegados, en las proyecciones sombrías que podrían haber echado sobre las repúblicas incipientes. Que el hombre nace libre y que son las convenciones sociales quienes le hacen “portar cadenas por doquier” eran, en principio, llamados destinados a gozar de una buena acogida en la generación encargada de cumplir el desmantelamiento de la monarquía. Bajo tales postulados de libertad humana y de soberanía popular, cimentados en un contrato voluntario, fue posible oficiar la transformación no ya como culminación de un fenómeno novedoso  - la Revolución -  sino en tanto que restitución pura y simple de la Soberanía a sus verdaderos y antiquísimos depositarios, los ciudadanos. En tal contexto de optimismo histórico es apenas natural que el proverbial escepticismo rousseauniano sobre el futuro de las formas de gobierno, a las cuales dedica una parte del Contrato, haya pasado sino olvidado, al menos morigerado en sus últimas consecuencias.

No sorprenderá entonces que el apasionamiento por las ideas de Jean-Jacques, perdure tanto como el lapso que dio nacimiento a las repúblicas modernas, desde la independencia norteamericana en 1776 a la restitución de la monarquía en Francia hacia 1815 y que, posteriormente, se le idolatrase con premura para poder olvidarle cuanto antes. Ya para entonces los filósofos alemanes, Kant, Fichte y Hegel, habían tratado al vicario ginebrino como un “clásico de la filosofía” y con ello le habían hecho transitar desde la agitación mundana y el fragor de las barricadas a las tranquilas arenas del pensamiento filosófico. A partir de entonces, las diversas lecturas que de su obra se hicieron, han querido ver en Rousseau a veces un panegirista de la democracia directa; otras, al profeta de los regímenes autoritarios y aun no falta quien ha descubierto en Rousseau un precursor de las ideas anarquistas y socialistas. Empero, cualesquiera sean las ideologías con que se le presente, siempre queda el resabio irreductible de una materia filosófica no agotada.

Al igual que Tucídides, Platón y Vico, Rousseau no podía comprender una sociedad con un sistema de gobierno inalterable. Existe un devenir, mas éste tiene un costo y, por tanto, cada progreso en la vida material trae consigo una regresión en otros aspectos. Proudhon diría más tarde “una rama ascendente y otra descendente”. Si establecemos una comparación más audaz diremos que no supo encontrar, como posteriormente Augusto Comte, un sentido progresivo en el avance de la historia social. Si de alguna progresión se puede hablar, en su caso, debería referirse a un progreso material (o civil, como él le llamaba) que involucra formas involutivas de las cualidades morales y naturales del individuo humano.

Tan acendrado era su sentido de degeneramiento de las virtudes humanas en las sociedades modernas que Voltaire, al recibir el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, comenzó por decirle: “He recibido, señor,  vuestro nuevo libro contra el género humano; os lo agradezco.”[1]  Huelga casi decir que en su teoría desentonaría como un verdadero disparate una alusión a cualquier “fin de la historia”, como se insiste en preconizar en la actualidad, ya que la vida social se desenvuelve en una constante inquietud de formas y de contenidos, más sujetas a los vaivenes de la voluntad y la conciencia subjetiva que a parámetros sobrenaturales y metasociales.

De otra parte, el cambio social de una forma a otra de sistema de gobierno no implica necesariamente una evolución hacia un sistema superior de organización. La formas democráticas pueden muy fácilmente engendrar aristocracias, oligarquías, monarquías, tiranías de todo género, siendo el proceso inverso, el pasaje de formas minoritarias de dominación a sistemas democráticos, de mucha más compleja realización, según sus puntos de vista, ya que este proceso significa una recomposición de formas primitivas de organización societaria, difícilmente practicables en Estados nacionales y en sociedades de masas. La Democracia sería un sistema que, primero, no se puede ya presentar en estado puro, como democracia directa; segundo, posee una gran inestabilidad y está sometido a todo tipo de asechanzas.

El Paraíso, para Rousseau, ha quedado sin duda atrás. La historia aparece entonces como una suite de amenazas y acontecimientos nefastos y con ello parece anticiparse a un juicio que Hegel introdujo más tarde: “Los momentos felices de la Historia son sus páginas blancas”[2] y que ha dado lugar a más de una reflexión.

Semejante escepticismo no dejaría de encontrar algunos oídos receptivos y nuestra sensibilidad, a diferencia de los entusiastas gestores de nuestro sistema de gobierno, se ha preparado para recibir la visión de Rousseau, sobre las sociedades humanas, en sus aspectos menos esplendorosos.

Del hecho al derecho

Un concepto fundamental, de carácter epistemológico, nos impone Rousseau desde las primeras páginas de su obra. Mientras las escuelas de juristas monárquicos habían pretendido, durante todo el medioevo hasta bien entrada la modernidad, justificar los hechos cumplidos, la situación existente, a través de las normas jurídicas, el autor de El Contrato Social se ocupa de diferenciar nítidamente dos planos de la realidad social, aunque no incompatibles, sí distintos en su naturaleza y que se trata precisamente de armonizar.

“Yo quiero buscar si en el orden civil puede haber alguna regla de administración legítima y segura, tomando a los hombres tales como son y a las leyes tales como pueden ser. Trataré de aliar siempre, en esta búsqueda, aquello permitido por el derecho con aquello que el interés prescribe, con el fin de que la justicia y la utilidad no se encuentren divididas.” (pág. 27 - Du Contrat Social)

Uno de los planos, la existencia material, económica, con toda su seguidilla de injusticias y desigualdades, sometida al imperio del arbitrario espontáneo y aquí englobada en la esfera de “la utilidad”, si bien debe aceptarse como situación de hecho, no sabría ser fundamento para aquella otra esfera signada por el “puede ser” de las leyes, la Razón, y que constituye el segundo de los planos destacados. Se refiere entonces a “la justicia”, un bien del cual, según Rousseau, la humanidad posee un sentido innato. Ahora ¿cuál de ellos es preeminente en el ordenamiento social?, ¿y en la formulación del Derecho?

Y es aquí donde se establece un rompimiento metodológico pronunciado con los juristas y filósofos del Derecho anteriores, salvo el caso insigne de Montesquieu en El espíritu de las leyes, y a quienes Rousseau designa nominalmente, Grotius y Hobbes. Éstos tendían a dar existencia jurídica a lo irracional de la vida social, justificando el orden material dominante y reservando para el Derecho, la administración reglamentada de las iniquidades establecidas por el uso. Por el contrario, para Rousseau, el derecho no debe ser una pasiva consagración de las situaciones de hecho sino una fuerza activa y transformadora. De algún modo el derecho, modelando la educación del hombre, debe contribuir a organizar por principios racionales las actividades económicas, vale decir transformar el hecho por el norma legal. En la crítica a Grotius destaca:

“Su más constante manera de razonar es la de establecer siempre el derecho por el hecho. Se podría emplear un método más consecuente, pero no más favorable a los tiranos” (pág. 30 - Du Contrat Social)

Muchos juristas, comentaristas y apologistas contemporáneos actúan a la manera de Grotius. No es raro hallar señalamientos que dan como un postulado de universal aceptación que las acciones de fuerza y la dominación forzada engendran, por la sola circunstancia de ser relaciones consumadas, un derecho correspondiente y que legitima per se la dominación de unos grupos sobre los demás, de unas naciones sobre otras. Contra tal lógica acomodaticia, Rousseau opuso un razonamiento ejemplar:

“El más fuerte no es jamás lo bastante fuerte como para ser siempre el amo si él no transforma su fuerza en derecho y la obediencia en deber. (...) La fuerza es una potencia física; yo no veo en absoluto qué moral puede resultar de sus efectos. Ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad; es a lo sumo un acto de prudencia. ¿En qué sentido podría ser un deber?” (pág. 32 - Du Contrat Social)

Agrega enseguida, a propósito de la dominación por la fuerza:

“Apenas se pueda desobedecer impunemente se lo puede legítimamente, y ya que el más fuerte tiene siempre razón, no se trata sino de hacer de tal manera que uno sea el más fuerte. Entonces ¿qué clase de derecho es éste que perece cuando la fuerza cesa? Si hay que obedecer por fuerza no se tiene necesidad de obedecer por deber y si uno no está forzado a obedecer tampoco está obligado a hacerlo. Se ve entonces que esta palabra de derecho no agrega nada a la fuerza; no significa aquí nada de nada.

Obedeced a las potencias. Eso quiere decir, ceded a la fuerza, el precepto es bueno pero superfluo, yo respondo que él no será jamás violado. (...)” (pág. 32 - Du Contrat Social)

Parece determinarse una diferencia muy nítida entre la dominación y el sometimiento. Una, la dominación, representa un estado de fuerzas simplemente materiales, la otra, el sometimiento, muestra una disposición de la voluntad para mantenerse bajo tal estado de dominación. Este juicio viene a culminar otra proposición atinente a la fuerza y al derecho:

“Si yo no considerase más que la fuerza y el efecto que de ella deriva, diría: En tanto que un pueblo está forzado a obedecer y él obedece, hace bien; apenas él puede sacudir su yugo y él lo sacude, hace todavía mejor (...)” (pág. 29 - Du Contrat Social)

La actualidad de estos planteamientos podría llamar la atención del lector desprevenido. La dialéctica de fuerza-derecho es un problema crucial del Contrato Social y es retomada en varias instancias como complemento de otras duplas de oposición como orden natural y orden civil, imposición y voluntad. La síntesis, si acaso se realiza, aparece como conjunción de las voluntades particulares, siempre en pugna por imponerse sobre las demás, en una voluntad general  - decisión soberana -  y la cristalización de una persona moral: el Estado.

La polémica en torno al Contrato

La idea de un “contrato” como origen del orden civil y del Estado ha sido en varias oportunidades motivo de crítica y aun de sarcasmo. En sensu stricto la estipulación de un contrato cualquiera presupone la existencia de un Estado que le dé validez, por lo tanto, la tesis principal de Rousseau se vería reducida al absurdo. ¿Se necesita un Estado para generar un Estado a través de un Contrato?, la teoría se desmorona como un castillo de naipes.

Este argumento opositor adolece ciertamente de formalismo jurídico pero es cierto que si logra hacer mella en el cuerpo doctrinario del Contrato Social puede serlo porque también éste ofrece semejante deficiencia formal. Se nos puede ocurrir que un tratamiento histórico hubiese sido más eficiente en la explicación de la génesis de la sociedad y el Estado. Habría que considerar si esa alternativa se hallaba por entonces a su alcance a riesgo de no caer, nosotros mismos, en un anacronismo imperdonable.

Si bien Rousseau posee una idea histórica precisa acerca de los modelos de Estados soberanos, en concreto las polis y cités pertenecientes al mundo grecorromano, del cual se declara sin tapujos un ferviente admirador, también es cierto que otorga a dichos modelos el mismo origen que a los grandes Estados europeos, un contrato tácito entre sus miembros, lo cual no hace sino remitirnos al punto de partida.

La preocupación historicista de los filósofos éclairés de la Ilustración, es más limitada de lo que a menudo se cree o, dicho en otros términos, existió sobre todo como preocupación mas no como posibilidad real y concreta. Las ciencias auxiliares de una historia social y política, eminentemente necesarias para dar cuerpo a dicha posibilidad, apenas comenzaban a vislumbrarse como áreas de estudio independiente. Los fisiócratas, en particular Turgot y Quesnay, se esforzaban aún por edificar una ciencia económica independiente de la Ética y que alcanzará su madurez con las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de las riquezas de las naciones de Adam Smith y publicadas en 1776. Un proceso semejante acontece en el albor de la Sociología, donde los trabajos de sus fundadores no verán la luz sino hasta el siglo siguiente. El “método experimental” tan en boga y al que había apelado el mismo Hume, apenas comenzaba a pisar los umbrales de las disciplinas sociales, aunque es innegable que sus reales aplicaciones las encontraría en dominios más idóneos, como en los trabajos del naturalista Buffon, por supuesto también de Linneo, y en los trabajos de Condorcet y el geómetra D’Alembert. Es interesante poner en relieve el esfuerzo desplegado por Rousseau en El Contrato Social por dotar sus afirmaciones de fundamentos geométricos y matemáticos[3]. No hablemos aún de historia documental, en el sentido contemporáneo del término, pues se habrá de esperar hasta finales de siglo para apreciar el surgimiento de una historia, librada del pesado fardo de los hagiógrafos y la apelación continua a la fe de los milagros.

De modo que la historia aparece entre los filósofos coetáneos al autor del Contrato, es el caso de Voltaire, Helvetius y Diderot, como ejemplos más o menos dispersos destinados a ilustrar con coloridos exóticos, a veces idealizados, las especulaciones “gris sobre gris” de la Razón; pero el método histórico capaz de mostrar la génesis empírica de las sociedades no estaba aún desarrollado ni sus materiales dispuestos.

Estado y Soberanía

Es entonces que la idea de un Contrato tácito para justificar el surgimiento del Estado, aun con la limitación ya formulada, aparece como la tesis más racional a la cual podía aspirar. La primera constitución escrita en Francia surge con la Revolución, en 1791. Hasta entonces el derecho constitucional era costumbrista, mal hubiese podido Rousseau llamar “Constitución Social” a su Contrato, pues la palabra no había adquirido aún un contenido propio, pero el sentido que él dio al término “contrato” encierra el de un acto constitutivo de la sociedad. En principio  - y esto le distingue de los diversos pactos a los que apelaron los antiguos juristas -  no se trata de un acuerdo entre dos partes (verbigracia: pueblo y monarca), sino de un acto constitutivo - y por ende creador - que el pueblo adopta consigo mismo, generando “un cuerpo moral y colectivo”.

“Esta persona pública que así se forma por la unión de todas las otras tomaba antes el nombre de Cité y toma ahora aquél de República o de Cuerpo político, el cual es llamado por sus miembros Estado, cuando es pasivo, Soberano, cuando es activo, Potencia, cuando es comparado con sus semejantes. Con respecto a los asociados ellos toman colectivamente el nombre de Pueblo y se llaman en particular ciudadanos como participantes de la autoridad soberana y sujetos como sometidos a las leyes del Estado” (pág. 40 - Du Contrat Social)

Cada miembro participa de modo indivisible en la gestión de la voluntad general y de los poderes del Estado, forjados en el acto soberano. El Ejecutivo, a quien Rousseau da el nombre genérico de Príncipe, o el funcionariato del Estado, de tipo judicial, a quien llama Magistratura, son sólo figuras dependientes y cambiantes de esa Voluntad general y que de algún modo es dueña de sí misma. Los miembros de la sociedad deben, en derecho, darse sus propias leyes como ciudadanos para ser obedecidas por ellos mismos en tanto que sujetos o súbditos. El mismo Contrato Social puede ser disuelto por la Voluntad general, el sistema de gobierno puede ser cambiado, se puede optar por las monarquías de diversos tipos (electivas o hereditarias), por diferentes tipos de regímenes aristocráticos y aún oligárquicos, en fin por la democracia directa. Al pueblo, en asamblea por el Contrato Social, le está permitido absolutamente todo, porque en él reside la Soberanía.

Vale decir, y ésta constituye una de tantas paradojas del pensamiento de Rousseau, el Soberano -el pueblo- es tan libre en todas sus determinaciones, goza de tal nivel de decisión que le es posible aun atiborrase de yugos y cadenas, si así lo desea o si se equivoca en su elección. En todo caso siempre podría ser esclavo de sí mismo, si ésa es su voluntad como emperador de sí mismo, mas no por un hecho de fuerza o una intrusión extranjera, que no debe jugar, según los cánones empleados, ningún papel determinante. Según deja entender, se puede ser soberano sin disponerse para sí un régimen democrático, pero, por el contrario, no se puede configurar un régimen democrático sin poseer soberanía y libre determinación. La disposición de la Voluntad general, autodecisoria, y la capacidad soberana son condiciones sine qua non de la Democracia.

Sinsabores del Contrato

“El metafísico, viajando sobre un mapamundi, atraviesa todo sin esfuerzo, no se incomoda ni con montañas

 ni con desiertos, tampoco con los ríos o los abismos; pero cuando uno quiere realizar el viaje, cuando uno

 quiere llegar a la meta, hay que recordar sin cesar que se camina sobre la tierra y que ya no se está más en

                     el mundo ideal.”                                                                                                                               Mirabeau

El racionalismo optimista de un Leibniz pudo ser ridiculizado por Voltaire en la persona de Pangloss. Los filósofos de la Ilustración si bien buscaron y opusieron la Razón al devenir caótico de la existencia empírica y a la obnubilación del fanatismo religioso, no por ello se conformaron con las exigencias de una racionalidad desnuda y descarnada. Una abisal doble pulsión subsiste en el Contrato Social y para destacarla debería establecerse antes una distinción entre dos conceptos que pese a compartir una misma raíz lingüística, acusan por sus desinencias un sentido diferente. Hablo de lo racional y de lo razonable.

Si llamamos racional al pensamiento universal y transmisible, por ende objetivo, surgido de las actividades del entendimiento y que opera mediante categorías depuradas de elementos sólo empíricos y sobrenaturales, es decir, por conceptos; lo razonable conforma una categoría aún más amplia. Lo razonable no obstante considerar la Razón, no desea obviar el constituyente subjetivo e irracional de las creencias, aun erradas, los elementos caóticos, las crudos servilismos que la existencia humana rinde a la barbarie. Lo razonable es el tipo de pensamiento que busca una transición entre Razón y existencia mundana, es la cualidad que permite a la Razón convivir con el medio, educarlo, adaptarse a él pero no para someterse a su imperio sino, por el contrario, para llevar a éste a un terreno común de entendimiento y facilitar de este modo su tarea.

Ambos tipos de pensamiento conviven en las páginas de El Contrato Social. En ocasiones prevalece el Rousseau autor clásico, aquél que se sentía un héroe grecorromano leyendo a Plutarco, y es entonces cuando lo racional domina la escena. La construcción del modelo de cité, los conceptos que definen al Estado, los sistemas de Gobierno, el funcionamiento de las asambleas de democracia directa, en todos los detalles, llamémosles, de ejecución, matizados de ejemplos extraídos de las curias romanas, podrían hacernos creer que recorremos algunos párrafos de Tomás Moro o de Charles Fourier, describiendo hasta la minucia su Falansterio. Es este autor quien formula “las leyes tales como pueden ser”. Este idealismo racional ha fogueado la fama de utopista de Jean-Jacques Rousseau.

En otras situaciones, por el contrario, es un Rousseau furiosamente realista quien salta a la palestra. Se torna entonces contemporizador con la miseria moral que le rodea. Es el pensamiento razonable que aflora. Ahí Rousseau parece comprender a los hombres realmente “tales como ellos son”, vale decir poderosamente ambiciosos y egoístas, cuando no corruptos. Vale decir “tales como” los conoció siendo secretario del embajador de Francia en Venecia a la edad de 31 años. Frente a las costumbres pervertidas y el mal gobierno de los venecianos, Rousseau llega a la conclusión de que “(...) todo depende radicalmente de la política”[4], o sea del arte de lo posible y con lo que se tiene, o sea de esos hombres imperfectos de las cortes europeas, tan parecidos a los héroes de Plutarco, como un liliputiense al gigante Gulliver. En esas circunstancias Rousseau abraza a Maquiavelo, elogia a El Príncipe como una obra “para republicanos” porque, pese al personaje odioso que construye en la persona del gobernante, nadie supo como él describir la corrupción ilimitada de la corte de los Borgia.

Este último Rousseau, razonable, realista y escéptico, va a proceder como el señor Linneo clasificando sus especies, a describir los diferentes tipos de crisis y declives que deberán afrontar los regímenes políticos y los Estados del futuro.

Las vías de la ruina

Bajo el sugerente título: Del abuso del gobierno y de su pendiente a degenerar, Rousseau traza el derrotero que sigue la diferenciación del gobierno en cuanto voluntad particular (a la que hoy llamaríamos interés de la clase política) enfrentando a la voluntad general y la soberanía:

“Como la voluntad particular actúa sin cesar contra la voluntad general, así el gobierno hace un esfuerzo continuo contra la soberanía. Más este esfuerzo aumenta, más la constitución se altera, y como no hay en absoluto aquí otra voluntad de cuerpo que resistiendo a la del príncipe (poder ejecutivo) haga equilibrio con ella, debe suceder temprano o tarde que el príncipe oprima en fin al soberano y rompa el tratado social. Está allí el vicio inherente e inevitable que desde el nacimiento del cuerpo político tiende sin descanso a destruirle, de igual modo que la vejez y la muerte destruyen el cuerpo del hombre” (p.113 - Du Contrat Social)

El problema radica entonces en que las funciones del ejecutivo tienden a fortalecer los intereses corporativos en desmedro de la voluntad general. El ejercicio de la autoridad gubernamental es una fuente de diferenciación y esta discriminación termina por crear un interés de cuerpo. Insensiblemente el hábito de poder en los grupos gobernantes genera una voluntad distinta a la voluntad general. El Estado aparece, en situación de declive, como un particular entre los particulares que conforman la sociedad civil. La falta de movilidad en las funciones dominantes conlleva el enquistamiento de un interés corporativo, quien terminará por “oprimir al soberano”, ya que su propia preservación así lo indica.

El sistema de democracia representativa (al cual Rousseau se opone) y que prevalece en nuestros tiempos, facilita este proceso al crear sustitutos, bastante cuestionables por cierto, a la “voluntad general” en las personas del funcionario profesional y del diputado de carrera, adscriptos por lo regular a poderosos partidos.

Las vías de degeneración del gobierno son de dos tipos: la concentración del poder y la disolución del Estado.

Como caso de concentración menciona el pasaje “del gran número al pequeño, es decir de la democracia a la aristocracia y de la aristocracia a la realeza”. Para librarnos tal vez de cualquier atisbo optimista, en seguida nos aclara: “Es ésta su inclinación natural. Si él (el gobierno) retrocediera del pequeño número al grande, se podría decir que se expande, pero ese progreso inverso es imposible”. Y esta declaratoria equivale a decir que no guardaba ninguna clase de expectativas en cuanto a una posible democratización progresiva de las sociedades políticas. Por el contrario, parece presentar como inexorable un proceso de orden contrapuesto en esta vía degenerativa de la concentración del gobierno.

Como dos figuras de disolución estatal, Rousseau enuncia el caso de que el ejecutivo no gobierne según las leyes constitucionales y, de este modo, usurpe el poder soberano. Como las leyes (a diferencia de los simples decretos) sólo pueden ser dictadas por el propio soberano, es decir el pueblo, cualquier desconocimiento de dichos dictados legislativos acarrearía la disolución del Estado, fundado mediante el pacto social, y en su sustitución se generaría un Estado más estrecho, conformado por los mismos miembros del gobierno.

Sería el caso de las dictaduras y la típica “invasión” de los cargos estatales, centralizando así la gestión de decisiones en función de su interés de cuerpo. El cuerpo gobernante da carácter de ley a sus decretos y de este modo, se apropia de la facultad soberana. Se excluyen las mayorías de las decisiones del poder y el Contrato queda, de hecho, disuelto.

Como segunda alternativa de disolución del Estado menciona la usurpación, por separado, por parte de los miembros del ejecutivo del poder que ellos no deberían ejercer sino en tanto Gobierno, lo cual produce, como es de imaginar, un gran desorden. “Entonces se tiene, por así decir, tantos príncipes como hay de magistrados (funcionarios), y el Estado, no menos dividido que el gobierno, perece o cambia de forma”

(p.115 - Du Contrat Social)

Aparecen, en ese momento, no ya un interés de cuerpo, sino varios intereses de cuerpos particulares. Uno por cada institución estatal, todos relativamente autónomos y gobernando cada uno por su lado, cual si fuesen estamentos societarios independientes. Este sistema de disolución del Estado y que transforma en Principados los órganos de poder lleva a un divorcio radical entre la voluntad general y dichos cuerpos de gobierno. El pueblo pasa a ser mero espectador de diferentes potencias estatales enfrentadas entre sí.

Por supuesto existen posibilidades según Rousseau, si no de desmontar, al menos sí de contener y amortiguar la caída ruinosa del Estado. Las asambleas de intervención directa de los todos los ciudadanos, sin ningún tipo de intermediario, al estilo de las asambleas atenienses, de carácter legislativo, es el modo de reforzar el poder de la voluntad general y, por ende, de generar un factor de contrapeso y equilibrio, tanto a la concentración como a la disolución del poder estatal.

Bibliografía

BURGELIN, Pierre. La Philosophie de l’existence de J.-J. Rousseau”  P.U.F. , París - 1952.

CASSIRER, E.“Le problème Jean-Jacques Rousseau”  Hachette, París - 1987.

MACERON, Claude.“Les hommes de la liberté” (vol. I y III)  Éditions Robert Laffont, París - 1979.

MATHIEZ, Albert.“La révolution française” (3 vol.)  A. Colin, París - 1922-1927.

MAY, Georges. “Rousseau par lui-même”  Éditions du Seuil, París -1967.

MONDOLFO, Rodolfo.“Rousseau y la conciencia moderna”  Eudeba, Buenos Aires - 1962.

PHILONENKO, A.“Jean-Jacques Rousseau et la pensée du malheur” (3 vol.)  Vrin, París - 1984.

ROUSSEAU, Jean-Jacques.“Les confessions” (2 vol.) Prefacio de  J.-B. PONTALIS, Gallimard, París - Edición de 1986.

ROUSSEAU, Jean-Jacques.“Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres y otros escritos. Jean-Jacques Rousseau”.Estudio preliminar, traducción y notas de Antonio PINTOR RAMOS, Rei Andes Ltda., Santafé de Bogotá - Edición de 1995.

ROUSSEAU, Jean-Jacques.“Du contrat social” -  Introducción y notas de Pierre BURGELIN GF-Flammarion, París - Edición de 1992.  

[1] Carta del 30 de agosto de 1755.

[2] Hegel, G.W.F  “La Raison dans l’histoire. Introduction à la Philosophie de l’Histoire”

[3] Véase, por ejemplo: “Si en los diferentes Estados el número de magistrados supremos debe estar en razón inversa de aquél de los ciudadanos, de allí se sigue que, en general, el gobierno democrático conviene a los Estados pequeños, el aristocrático a los medianos y el monárquico a los grandes (...)” pág. 94  de “El Contrato Social”

[4] Pintor Ramos, Antonio - Estudio preliminar del “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres”